Incluyendo mi Libertad y mi Responsabilidad
Cuando alguien me pregunta cómo me defino políticamente, responder con el nombre de un partido me parece insuficiente. Puedo coincidir con una propuesta, rechazar otra y votar atendiendo a unas circunstancias concretas. Esa decisión explica una preferencia electoral.
Pero para explicar cómo entiendo la vida en sociedad necesito hablar de principios:
- qué decisiones considero mías,
- qué debo a los demás y
- hasta dónde admito que alguien decida por mí.
Mi punto de partida es la libertad del individuo y su responsabilidad. Pienso en una persona concreta, con sus proyectos y sus limitaciones, capaz de decidir y también de equivocarse. Quiero que pueda construir su vida sin tener que ajustarla a un modelo impuesto. Y quiero que responda de sus compromisos y de las consecuencias de sus actos sobre otros. La libertad que reclamo para mí debe poder reconocerla también en quien vive de una manera que no comparto.
Me siento en minoría cuando defiendo este criterio hasta sus consecuencias. Esa sensación no demuestra que tenga razón. Expongo este marco para que se entienda desde dónde pienso, para someterlo a crítica y para invitar a otros a explicar el suyo. Algunas convicciones están asentadas. Otras necesitan una respuesta más precisa.
La persona que tiene que vivir su propia vida
Empiezo por el individuo porque es quien experimenta la vida que estamos discutiendo.
- Una administración puede diseñar una política familiar; quienes forman esa familia tendrán que convivir con sus efectos.
- Una organización puede recomendar una profesión; quien la ejerza dedicará a ella una parte de su existencia.
- Me importa que las personas conserven capacidad de decisión sobre aquello que afecta a su vida, aunque sus elecciones desconcierten a los demás.
Cada uno tiene conocimientos, preferencias y circunstancias que otro difícilmente puede comprender por completo.
- Incluso alguien que me quiere puede interpretar mal lo que necesito.
- Agradezco el consejo y reconozco el valor de la experiencia ajena.
- Pero considero que la decisión debe permanecer, en lo posible, en manos de quien tendrá que vivirla.
- Quien quiera sustituir esa decisión deberá explicar con qué derecho y por qué razón.
Imaginemos a una persona que deja un empleo estable para intentar un proyecto. Puede equivocarse. Sus allegados pueden advertirle del riesgo e incluso negarse a financiarlo.
- Su elección deja de ser un asunto exclusivamente suyo si compromete recursos ajenos o incumple obligaciones previamente asumidas.
- Dentro de esos límites, defiendo que pueda intentarlo.
- Una sociedad que exige acertar antes de permitir elegir concede una libertad difícil de ejercer.
Esto incluye el derecho a llevar una vida corriente. Pensar por cuenta propia no obliga a fundar una empresa, desafiar todas las costumbres o destacar públicamente.
- Alguien puede preferir un trabajo previsible, practicar la religión de su familia o permanecer en su pueblo.
- Me interesa saber si puede revisar esas decisiones y adoptar otras.
La autonomía se pierde cuando la elección queda sustituida por la obediencia, aunque la vida resultante parezca satisfactoria desde fuera.
La libertad empieza en el criterio
Antes de decidir conviene examinar cómo llegamos a nuestras opiniones.
- Puedo creerme independiente y limitarme a repetir a quienes admiro.
- También puedo rechazar una idea acertada porque procede de alguien que me irrita.
- Ninguno de nosotros dispone de tiempo para comprobarlo todo, de modo que necesitamos confiar en otros.
- Esa confianza debería conservar un margen de revisión: conocer las razones de una afirmación y reconocer lo que todavía ignoramos.
Cuando hablo de "Salir del rebaño", me refiero a ese esfuerzo. La imagen expresa mi resistencia a aceptar una conclusión por pertenencia o por comodidad.
- No me concede una posición superior respecto de quienes discrepan.
- Si termino siguiendo automáticamente a un grupo que se presenta como rebelde, habré cambiado de compañía sin recuperar mi criterio.
- La independencia exige poder disentir también de los propios y reconocerles un acierto a los contrarios.
Me sirve una prueba sencilla: formular con honradez el mejor argumento de la otra persona.
- Si necesito deformarlo para responder, probablemente no lo he entendido.
- Después puedo seguir en desacuerdo, incluso con firmeza.
- Pero habré identificado la diferencia real: quizá discutimos un hecho, quizá damos distinta importancia a un riesgo o quizá defendemos valores incompatibles.
- Cada desacuerdo requiere una conversación diferente.
En el capítulo III de Sobre la libertad, de John Stuart Mill (1859, pp. 109–110 de la edición enlazada),
- la individualidad aparece vinculada al desarrollo de las facultades de quien elige su propio modo de vida.
- Su argumento permite precisar esta defensa de la autonomía: ejercer el criterio forma parte de aprender a vivir.
- Delegarlo de manera permanente puede ahorrarme esfuerzo inmediato, pero me priva de practicar una capacidad que después necesitaré.
- Admitir que otro sabe más sobre una cuestión no exige entregarle el gobierno de mi vida.
Responder por lo que hago
La responsabilidad da contenido a mi defensa de la libertad. Si asumo un compromiso, debo cumplirlo o responder de su incumplimiento. Si causo un daño, tengo que afrontar la reparación que corresponda. Si arriesgo mis recursos, debo aceptar que puedo perderlos. Me resulta incoherente reclamar autonomía para decidir y trasladar después, por sistema, el coste de mis decisiones a quienes no participaron en ellas.
Conviene precisar de qué decisiones hablamos.
- Una persona no elige la familia en la que nace, una discapacidad o todos los golpes de la fortuna. Tampoco controla por completo el resultado de su esfuerzo.
- La responsabilidad exige distinguir lo que estaba a su alcance de aquello que no podía evitar.
- Atribuir cualquier dificultad a una falta de voluntad simplifica la realidad y debilita el argumento que pretendo defender.
Pensemos en dos situaciones. Alguien incumple un acuerdo porque ha destinado deliberadamente a otro fin los recursos comprometidos. Otra persona quiere cumplir, pero una enfermedad se lo impide. En ambos casos existe un problema que resolver y otra parte afectada. Mi juicio sobre la conducta será distinto. Las soluciones deberán considerar las obligaciones asumidas, las circunstancias y las posibilidades de reparación. Invocar la responsabilidad debería obligarnos a examinar el caso, no ahorrarnos ese trabajo.
También entiendo que pedir ayuda puede ser una decisión responsable. Reconocer un límite evita a veces un daño mayor.
- Lo que me interesa es que la ayuda atienda la dificultad y, cuando sea posible, permita recuperar autonomía.
- Hay dependencias permanentes que exigen respuestas duraderas.
Mi preferencia por la responsabilidad individual tendrá que convivir con esa realidad y explicar cómo proteger a quien no puede protegerse.
Pertenecer y conservar la propia voz
La vida individual incluye relaciones que elegimos y obligaciones que nacen de ellas. La amistad, una familia o un proyecto compartido pueden exigir tiempo, esfuerzo y renuncias. Aceptar esas exigencias tiene sentido cuando reconocemos su valor y asumimos el compromiso. Quiero conservar la posibilidad de participar en una comunidad sin que esa pertenencia absorba todo lo que soy ni dicte cada una de mis opiniones.
Mi objeción al Colectivismo empieza cuando el grupo reclama una "Autoridad Superior" sobre la persona por el mero hecho de incluirla en él. Puede hacerlo en nombre de la nación, la clase, la religión o cualquier otra identidad.
- Me preocupa que el origen de alguien determine lo que debe pensar, con quién puede relacionarse o qué derechos merece.
- Rechazo la homogeneización impuesta y defiendo que las diferencias puedan expresarse sin convertirse en títulos de dominio sobre otros.
Una comunidad merece ser examinada por la libertad que deja a sus miembros para disentir. La posibilidad de marcharse importa, pero conviene mirar qué significa en la práctica.
- Abandonar una asociación puede ser sencillo; separarse de un entorno del que dependen los ingresos y todos los vínculos personales puede resultar mucho más difícil.
- Esa dificultad no resuelve por sí sola qué intervención sería legítima. Sí obliga a tomar en serio las condiciones en las que una persona presta su consentimiento.
La misma exigencia alcanza a mis propias preferencias.
- Si defiendo la libertad religiosa, debo reconocerla a creencias que no comparto.
- Si defiendo la expresión, debo tolerar críticas que me incomoden.
Puedo responder, discutir y elegir mis relaciones. Lo que debo justificar con especial rigor es una pretensión de impedir que otro actúe. La desaprobación personal, por intensa que sea, necesita razones adicionales para convertirse en una prohibición.
Explicarme más allá de una papeleta
Con este punto de partida puedo aproximarme a distintas tradiciones liberales, pero una etiqueta siempre deja preguntas sin responder.
- Quiero saber qué libertad concreta defiende una persona, qué responsabilidades acepta y qué excepciones admite.
- También qué instituciones propone para resolver los conflictos.
- Las palabras adquieren contenido cuando obligan a tomar posición ante un problema y a explicar el coste de la solución elegida.
Por eso prefiero discutir los principios antes que repartir a las personas entre bloques.
- Un votante puede coincidir conmigo en la libertad de expresión y discrepar sobre la intervención económica.
- Otro puede defender la propiedad y aceptar restricciones culturales que yo rechazo.
- Esas diferencias permiten una conversación más útil que atribuir a cualquiera el programa entero del partido que haya votado.
- Yo tampoco quiero que una papeleta sustituya lo que tengo que explicar por mí mismo.
Este es mi "Punto de Partida"
- conservar la capacidad de dirigir mi vida,
- reconocer esa misma capacidad en los demás y
- responder por las obligaciones que asumo.
Quedan conflictos difíciles, porque las vidas se cruzan y las decisiones afectan a terceros. El siguiente paso es precisar qué reglas considero legítimas para convivir: qué protege la propiedad, cuándo obliga un contrato y qué poder concedería al Estado. Ahí habrá que comprobar hasta dónde llegan mis principios.
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